Pantalla Grande para los chicos

Jacques Derrida

Paralelamente a los estrenos cinematográficos comerciales que atiborran la cartelera porteña por estas fechas, hay un circuito alternativo de salas y espacios que brindan una oferta distinta. El carácter distintivo está dado por la calidad de las películas que componen esos ciclos especialmente preparados para los chicos, o sencillamente por el tipo de sala y valor de las entradas, en muchos casos libre y gratuita y en otros a un costo significativamente menor que en las cadenas de multicines de la ciudad.

A la hora de reflexionar sobre el cine infantil inmediatamente salta a la vista el hecho de que se trata del segmento claramente más lucrativo de la industria cinematográfica mundial. Cuantiosas cantidades de dinero se mueven a partir del merchandising y la infinidad de subproductos asociados con las películas. Pero no siempre estas grandes inversiones económicas son igualmente redituables en términos estéticos.

Haciendo un gran pantallazo sobre las películas que se destinan a la platea menuda encontraremos mayoritariamente repetición de fórmulas exitosas y probadas. Sensiblería simplota y trivial, infinidad de lugares comunes, los consabidos finales felices complacientes y reparadores. En definitiva, un sistema simbólico al servicio de representaciones del mundo bastante convencionales y arquetípicas. La experimentalidad, la incorrección política, la ambiguedad de sentidos y poéticas con una auténtica aspiración estética no son moneda corriente dentro de la producción del cine infantil de mayor repercusión y difusión.

Estas obras son producidas por adultos bien pensantes y bien intencionados que pretenden enseñar algo a los niños, dejarles un mensaje. Tradicionalmente los niños han tenido que padecer del uso y abuso de todas las ramas del arte como vehículos didácticos y moralizadores o meros productos de consumo masivo. La crítica casi pasa por alto el análisis de los procedimientos narrativos característicos del cine y la riqueza en el uso del lenguaje propio de cada artista. Sin embargo, es posible pensar sobre el cine infantil más allá de su carácter educativo, ampliar aún más la mirada. Pensar el cine infantil exige poner atención en qué se entiende por "lo infantil". En estas creaciones se pone en juego, de manera no siempre ingenua ni inocente, la idea de infancia que sostiene un artista, y la que circula en un determinado momento histórico.

Existen también películas para ofrecer a los chicos en las que los realizadores no se dejan someter por las limitaciones cognitivas de su receptor, sino que por el contrario, aprovechan en toda su dimensión las potencialidades lúdicas y expresivas que éste posee. Los chicos tienen perspectivas del mundo real e imaginario que les son propias, formas particulares de interpretar y representar el universo. Sin embargo se trata de un punto de vista que no es exclusivo de los niños, sino del cual también pueden apropiarse los adultos. Por suerte hay realizadores y difusores de películas que miran con respeto y confianza a los espectadores infantiles, que son capaces de sortear mandatos y criterios ajenos al artístico.
Los buceadores del arte sabemos que las grandes obras no enseñan nada, al menos no directamente, sino que más bien crean encrucijadas, y la mayor parte de las veces provocan más preguntas que respuestas.

Extracto: nota relacionada publicada en educ.ar