Los chicos corren limites y hasta se atreven a la doble identidad

 
 
OPINA EDUARDO SACHERI
 
ALGUNOS ABREN DOS CUENTAS EN LAS REDES SOCIALES: UNA PARA CONTACTOS FAMILIARES Y OTRA PARA "DEFENDER SU PRIVACIDAD". ELLOS RECLAMAN MÁS AUTONOMÍA Y LOS EXPERTOS CULPAN A LA CULTURA DEL EXCESO.
 
Carolina F. tiene 14 años, va a un colegio privado y vive en Caballito. Una noche, sus papás la vieron posteando fotos en ropa interior en Facebook, en la computadora de su cuarto. Le prohibieron usar esa red social. Después, la dejaron volver si aceptaba a uno de sus padres como amigo. Pero en una reunión, otra mamá les dijo: “Me contó Julia que Carolina está publicando fotos hot. Tiene dos cuentas, una con un nombre falso”. Joaquín, de 8, tiene novia, smartphone y muchas veces le dice a su papá: “No seas boludo”. Alejandro, de 14, ya reclama el primer tatuaje.
 
Las anécdotas, reunidas en una ronda de consultas con psicólogos, confirman una hipótesis: el estilo de vida de la preadolescencia y la adolescencia -entre los 10 y los 19 años, según la Organización Mundial de la Salud- se sigue adelantando. Y los chicos reclaman cada vez más autonomía. Si no la consiguen, la buscan en nichos ocultos para los adultos.
 
El caso de Magaly, la nena de 12 años que se escapó de su casa de San Isidro y pasó una noche en la villa La Cava, donde fue abusada, y el de Daniel Salazar Ramírez, el adolescente de 15 años que murió de un disparo callejero después de ir a bailar a Flores sin autorización, actualizaron el debate.
 
Con la tecnología, los chicos multiplican sus contactos y las chances de esconderse. “Que tengan dos cuentas en Facebook o en Twitter ya es algo común. Sienten que así preservan su privacidad y pueden contactarse con gente que no aprueban sus padres, pero no se dan cuenta de que se ponen en riesgo”, advierte Cristian Borghello, consultor en seguridad informática y director de la web Segu-Kids. “Este es un tema frecuente en las charlas con padres”, afirma.
 
“Si tenemos que mandar una foto, lo hacemos por WhatsApp, es lo más privado: nuestros padres ni se enteran”, cuentan dos chicos a Clarín. Esta realidad coincide con una mayor tolerancia adentro de los hogares en relación a otros tiempos, que hace que los papás duden sobre cómo poner el freno. “Hay una cultura juvenilizada; los adultos quieren tener una flexibilidad canchera, pero eso los complica a la hora de fijar restricciones”, analiza Dolores Vicente, licenciada en Gestión Educativa y docente de la Universidad Austral.
 
En ese contexto, crecen riesgos nuevos. Porque, por naturaleza, los adolescentes necesitan transgredir. Romper un mandato. Pero, ¿cómo transgredir cuando los papás consumen la misma ropa, la misma música y en general acompañan? En algunos casos, entonces, la rebeldía llega más lejos. Y puede pasar por compartir fotos “hot”, iniciarse en la vida sexual antes de tiempo o adelantar el consumo de alcohol en una salida secreta.
 
“ La cultura actual favorece los excesos y una sexualización prematura, lo que forma parte de la incitación al consumo”, evalúa Irene Meler, del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. En ese clima, en el que aumenta la velocidad de los cambios sociales, aparecen fenómenos nuevos, como el kid pole dance, las polémicas clases de baile del caño para chicas a partir de los 9 años. Y en una época de ambigüedad para discriminar qué está bien de qué está mal, algunos padres optan por la pasividad.
 
“El rito de transición hacia la madurez se transformó”, aclara Vicente. Mientras que décadas atrás fumar un cigarrillo con un amigo se percibía como el paso a la adolescencia, ahora la diferenciación de la etapa infantil puede pasar por prácticas más peligrosas.
 
En Trendsity, una consultora que investiga consumos culturales y tendencias de mercado, ofrecen una radiografía de la llamada Generación Z: los chicos que nacieron a partir del 2000. “Lo que les interesa es lo que les da material de intercambio con sus pares –dice una de las directoras, Ximena Díaz Alarcón–. Las modas pasan, pero su atención gira en torno a la autonomía y el placer en rubros como música, tecnología y seducción”.
 
Según encuestas y focus group de Trendsity, los chicos Z tienen un perfil consumista, en especial en las clases medias. Como crecen rodeados de aparatos tecnológicos individuales, están más acostumbrados a una mirada personalista que alimenta sus demandas de autonomía, aunque ésta sólo sea simbólica. Le prestan atención a todo lo nuevo. Eso les aporta a su reputación frente a los pares y, por el mismo motivo, rechazan los productos que puedan deschavarlos como “chicos chicos”.
 
En la Web, se informan sobre lo que quieren y logran superar en conocimiento a sus padres en intereses que pueden ir desde una guitarra hasta una técnica de tatuaje. Conscientes de la información que manejan, se vuelven extremadamente insistentes. Pero lo peor sería culparlos por vivir en la época que les tocó, dicen los expertos. “Hay que entender que madurar implica correr riesgos que la exploración adolescente requiere para forjar una nueva identidad, ya que la de la niñez perdió su vigencia”, argumenta el psicólogo Marcelo Cao, autor de libros sobre la temática. Entonces, los padres deberían fijar límites sensatos acordes a la época y trabajar en la confianza. Y “asumir el rol de papá, sin querer ser un amigo”.
Fuente y más información: www.clarin.com